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Cada mes pintaba de un tono distinto todos los tiestos del balcón de su dormitorio. Aquel agosto había tocado amarillo limón, en septiembre los colorearía de violeta, y en octubre de verde botella. No tenía claro si le gustaba más elegir la pintura, ponerse manos al pincel o contemplar el resultado desde abajo. Eso sí, las flores, ya fueran rosas, claveles o geranios, tenían que ser rojas, el color preferido de su mujer. Ella siempre le había dedicado un par de horas diarias al cuidado de sus plantas para que su balcón luciera hermoso, mientras que a él esta entrega, aunque le hacía gracia, le parecía una pérdida de tiempo. Sin embargo, ahora que ella ya no estaba, esta era la mejor manera que tenía para recordarla, su pequeño homenaje. Cada vez que avanzaba por la calle y levantaba la vista hacia el balcón, sentía que su mujer iba a salir en cualquier momento a saludarle con una eterna sonrisa en los labios.

Imagen: Itxaso Lara / Texto: Silvia Rueda

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