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PHOTO STPRY OTOÑO

Beatriz, Laura y Rubén echaron a correr en una de sus habituales pugnas para ver quién era el más rápido, y, como siempre, Manuel y yo nos quedamos atrás. Él adoraba entretenerse con todo lo que encontraba a su paso y recoger hojas de mil tipos y colores para su colección de naturaleza. Era el único que había heredado esa costumbre del abuelo y a mí no me importaba ayudarle, aunque eso significara perdernos a menudo. Una mezcla de ternura y nostalgia me impedía negarme y Manuel era demasiado pequeño y frágil como para dejarlo solo.

Sin embargo, aquel día ocurrió algo extraño que nos asustó y fascinó al mismo tiempo. Cuando dejamos de oír las risas y los gritos de Rubén, Laura y Beatriz en la lejanía, de repente comenzamos a escuchar la melodía de lo que parecía un piano procedente del interior del bosque… Sin dudarlo un segundo ni tan siquiera mirarme, Manuel puso rumbo hacia la música y a mí no me quedó otra alternativa que seguir sus pasos. A medida que avanzábamos, la cama de hojas era cada vez más frondosa y la luz que dejaban pasar los árboles más débil, pero de pronto llegamos a una explanada llena de claridad. Y allí, en el centro, sobre un viejo tronco de árbol cortado, encontramos el viejo tocadiscos del abuelo.

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