PHOTO STORY

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Cuando nos mudamos a la casa aguamarina, me puse muy contenta porque aquel era mi color favorito y porque la playa quedaba sólo unas manzanas más allá. Por fin me sentía como una sirena de verdad. Pero mi auténtica fascinación por aquel edificio comenzó el día en el que de la noche a la mañana apareció una puerta justo al lado de la nuestra. Una puerta mucho más pequeña y sin escalón, con solo una rejilla en la parte de arriba, una aldaba y una cerradura. Sin embargo, lo más extraño no es que hubiera surgido así sin más, sino que yo era la única persona que la veía.

Mis padres pensaban que era otro cuento de los míos y mis nuevos amigos de la calle se reían de mí cuando les pedía que miraran la puerta. Así que dejé de hablar sobre el tema y decidí hacer una foto que probara su existencia. Claro que por aquel entonces no había móviles ni tan siquiera cámaras digitales, y me costó un poco conseguir mi ansiada prueba. Aún recuerdo la emoción del día en el que fui a recoger el revelado a la tienda, ilusión que se desvaneció en cuestión de segundos al descubrir que la puerta no salía en la foto. No entendía nada, pero estaba tan segura de que lo que veían mis ojos era real, que tenía que demostrarlo costara lo que costara.

Comencé entonces a sacar todas las tardes una silla a la calle para vigilar si había algún movimiento en la puerta, sin éxito, por supuesto, pues en meses no ocurrió nada. No obstante, cuando estaba a punto de darme por vencida, sucedió lo que tanto había deseado. Justo antes de ir al colegio, escuché desde la entrada de mi casa unas risas al otro lado de la pared y cómo se abría y cerraba una puerta. Sin dudarlo, eché a correr a la caza de mis misteriosos vecinos, pero una vez en la calle no vi a nadie; quien hubiera salido por la pequeña puerta de la casa aguamarina, se había esfumado como por arte de magia. Triste y abatida, comencé a dar vueltas a la manzana, hasta que una anciana que vivía enfrente de mi casa me paró y me dijo:

̶ No llores, pequeña. Yo también la veo. ¿Has probado a llamar a la puerta?

Y en ese momento, lo vi todo claro. Cómo no se me había ocurrido antes lo más sencillo… Casi sin aliento y con una explosiva mezcla de miedo, alegría y curiosidad, llegué hasta la puerta y golpeé tres veces la aldaba. Pasaron unos cuantos segundos y nada… ni un leve ruido escuché. Insistí varias veces más, pero como seguía sin obtener respuesta alguna, decidí marcharme a casa. Y justo después de llamar a mi timbre, la puerta se abrió.

 

Texto: Silvia Rueda / Imagen: Itxaso Lara

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