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Hay vestidos que forman parte de la melodía sentimental de una vida. Algunos soñados mucho antes y otros improvisados, pero todos con un lugar destacado en la memoria. Con este debuté a los dieciséis. Amarillo, sí, quién dijo miedo, nunca fui amiga de supersticiones. Yo tenía que estrenarme con uno rojo de lunares todo pasión, pero el destino quiso que se quemaran unos cuantos volantes minutos antes de salir al escenario. Milagrosamente, este apareció en el último instante en un baúl medio escondido del camerino y, aunque no era tan espectacular como el otro, a mí me dio la fuerza necesaria para brillar sobre las tablas aquella noche, mi mejor actuación. Ahora, más de medio siglo después, lo saco de vez en cuando y lo coloco en el salón de mi casa. Me gusta admirarlo antes de dormir la siesta, porque así sueño que bailo de nuevo, que cada taconeo, cada giro y cada palma me hacen volar. Y entonces me siento libre, viva, como la luz del sol.

Texto: Silvia Rueda / Fotografía: Itxaso Lara

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